Una flor llamada Amanda
En tiempos remotos en donde el aire era fresco y la brisa rosada, existió una pequeña flor a la que llamaremos Amanda.
Amanda nació en desgracia, sola vino y sola se fue; su única bendición ante tanta desesperanza era su belleza envidiable y su poder de asombro ante los hechos más simples.
Su mirada, tierna y desolada, daba fuerza al verde del pasto; y cada vez que ella suspiraba, la brisa le regalaba una caricia acompañada de una hermosa melodía.
Su risa... su preciosa risa alegraba a la roca más testaruda, y todos los árboles del pequeño prado se reunían a su alrededor sólo para escucharla reír. Amanda no conocía enemigos, no existía ser sobre la tierra que fuera capaz de odiarla.
Una noche de noviembre, mientras que el pasto, los árboles y demás criaturas del prado dormían cerca de ella, el oscuro cielo sintió celos de la bella flor.
—¿Cómo es posible que una simple flor sea más querida que mis estrellas y yo? —se preguntó—. Mi furia caerá sobre Amanda, de la nada apareció, y con nada se quedará —afirmó el oscuro cielo.
Sin que nadie pudiera preverlo, aquel azul imponente de la noche se tornó gris, las estrellas se apagaron y fue tan solo cuestión de tiempo para que la envidia y los celos se convirtieran en tormenta. Los vientos azotaron el tranquilo espacio en donde Amanda, el pasto, los árboles y demás criaturas dormían placenteramente.
Los primeros en despertar fueron los enormes árboles, quienes, conscientes de la furia de la noche, decidieron formar un muro de ramas y hojas para proteger el sueño de la inocente flor.
—Defenderemos su belleza y sus sueños, y si hemos de perecer lo haremos en silencio para no despertarla —le ordenó el más viejo de los árboles a los más jóvenes.
Y así lo hicieron, uno por uno fueron derribados por los relámpagos que el cielo les envió; y uno por uno, en completo silencio, apreciaron por última vez la belleza de la radiante flor.
Ante el enorme acto de valentía y honor, el cielo dudó en continuar atacando, pero la envidia es una fuerza extraña y no hay ser que no pueda ser corrompido por ella.
El pasto fue el siguiente en despertar; y asustado por lo que podría sucederle recordó la tierna mirada que Amanda le brindaba todas las mañanas y qué trágico sería imaginar una vida sin la peculiar forma de ver que poseía la dulce flor.
—Defenderé su belleza y su sueño, nada ha de pasarle mientras yo esté cerca, y si he de perecer, lo haré en silencio para no despertarla —dijo el pasto mientras crecía de manera descomunal para así poder formar una barrera protectora entre Amanda, el viento, la lluvia y los relámpagos.
Poco a poco, los fuertes golpes de la tormenta le quitaron la vida y el verde al valiente pasto. Finalmente, sin árboles ni pasto que la defendieran, Amanda quedó desprotegida; se encontraba totalmente vulnerable entre su preciado sueño y la furia del cielo.
—¿Tan bella eres que el pasto y los árboles murieron en silencio para no molestar tu sueño? ¿Tan valiosa es tu inocencia que provocaron mis celos? —reflexionó el oscuro cielo que, arrepentido de su mal accionar, se despojó de su capa gris y se vistió nuevamente con aquel imponente azul de la noche…
Por luto a los caídos, las estrellas cambiaron su hermosa luminosidad por un deprimente brillo opaco; y con tristeza observaron a la dulce Amanda, quien, aún durmiendo, parecía feliz y se veía más bella que nunca.
La celosa noche finalmente comprendió por qué la querían tanto e, intentando remendar un poco la situación, dijo:
—No envidiaré nunca más tu belleza ni molestaré nuevamente tu sueño, y si has de odiarme por todo lo que te hice, lloraré en silencio para no despertar tu resentimiento.
Con un fuerte (pero callado) viento, la noche se deshizo de los restos de sus honorables adversarios… Amanda se había quedado sola…
Eventualmente el día llegó y la bella flor se despertó. Sorprendida por no encontrar pasto a quien darle su primera mirada de la mañana, o árbol alguno para reír juntos... Amanda asumió que toda su vida fue tan solo un sueño y por primera vez sintió la soledad.
Muy triste y con sus pétalos humedecidos por lágrimas, la bella flor decidió dormir para siempre, con las esperanzas de volverse a encontrar en aquel prado… en donde el pasto espera ansioso su mirada matutina, la brisa le regala caricias y los árboles se deleitan con el sonido de su risa.