Remembranzas
En el barrio de Avellaneda, siendo más específico sobre la avenida Manuel Belgrano, existe una modesta plaza por sobre la cual se eleva una torre de considerable altura. Allí mismo habita un espíritu quejoso.
A diferencia de los fantasmas comunes, un espíritu no siempre es el eco de un lamento en vida, sino —como lo es en este caso— también el lamento de un ideal olvidado.
Se dice que en algunas noches de otoño, en el revoloteo de las hojas, se puede oír el lloriqueo de un ente espectral.
Aquellos poetas que aún creen en apariciones juran conocer el significado de esas penas. Incluso muchos de ellos, en su hábito literario, escribieron humildes versos en su honor.
En las paredes de la torre aún pueden leerse algunos: "Barrilete querido, de mis esperanzas pendientes... Al vuelo de tus pétalos de colores, encuentro aferradas mis ilusiones" G. S.
"Una lágrima en el suelo esconde el valle del tiempo. Allí están secuestradas nuestras risas perdidas y nuestros juegos olvidados" S. M.
El cuidador del carrusel afirma que este espíritu a veces toma la forma de una niña tímida y triste. La pequeña tiende a sollozar cuando alguien le pregunta qué le sucede.
Los abuelos que juegan a las bochas relatan a sus nietos infinidad de cuentos sobre las apariciones del espíritu. Muchos de ellos cuentan estas historias para que los niños sufran de pánico en la oscuridad de sus cuartos. Otros, en cambio, lo hacen para preservar intacta la imaginación de los más jóvenes.
En la torre de la plaza Avellaneda habita un espíritu triste que llora en soledad. Un ente apenado por los juegos que ya no se juegan y las risas que ya no inundan el arenero de carcajadas.
Es un espíritu que extraña las vueltas de la calesita y el sano vértigo del sube y baja. Es el recuerdo olvidado del tiempo fugitivo... o tan sólo el llanto perdido del momento en que la modernidad decidió abolir la niñez.