Los cielos aztecas
Las redenciones personales en las religiones llegaron con los conquistadores una vez descubierto el continente americano.
Por lo cual podemos afirmar que antes de ese evento, no existía en las grandes civilizaciones indígenas la idea de pedir perdón para poder entrar a un paraíso.
Los pueblos mesoamericanos, por ejemplo, desconocían por completo esta idea. Las virtudes morales del muerto no garantizaban para nada su entrada al cielo. Curiosamente, era el modo de morir lo que determinaba las características de la vida después de la muerte.
Como muchos deben saber, los aztecas tenían tres cielos. Al cielo oriental iban los guerreros muertos en batallas y los sacrificados en los templos, que eran la mayoría, dado que a los aztecas les emocionaba la idea de sacrificar personas y así garantizar la continuidad de toda existencia. —Los aztecas sostenían que este universo era como una enorme maquinaria que funcionaba gracias a un único combustible: la sangre humana—.
En el cielo oriental, los placeres que podían recibir las almas eran más bien moderados. Parece que al amanecer los espíritus se congregaban para acompañar al sol hasta el cenit. Si pasaban cuatro años, se les daba la chance de regresar a la tierra, pero sólo como mariposas o pájaros cantores.
Al cielo occidental, en cambio, iban solamente las mujeres que morían al dar a luz.
Una vez en el cielo podían optar entre regresar a la Tierra como mariposas nocturnas o como brujas destinadas a esconderse entre encrucijadas para devorar niños.
Asumo que la mayoría habrá optado por la primera opción. Aunque uno nunca sabe.
El último cielo era el meridional, y sólo podían ingresar las almas elegidas por Tlaloc, el dios de la lluvia.
Aquellos que se habían suicidado, habían muerto por ahogo o por enfermedades relacionadas con el agua, o habían sido fulminados por un rayo eran bienvenidos en el cielo meridional.
A aquellos que no lograban entrar a alguno de estos tres cielos morales les esperaba un destino aún peor. Estaban obligados a marchar hacia el cielo septentrional.
La travesía del alma en pena duraba cuatro años. Y en su trayecto debía atravesar nueve submundos.
Allí, los cadáveres eran recibidos por sacerdotes infernales, quienes les daban instrucciones de cómo continuar y los proveían de comida, sal, estandartes de papel y hasta un perro: el dantesco Xoloitzcuintli, que más bien se asemejaba a un chancho.
La última etapa de su viaje no era menos venturosa. Los muertos estaban obligados a cruzar ríos caudalosos, pasar por montañas cuyas laderas se anulaban entre sí, eludir ráfagas de dardos y flechas, trepar por rocas filosas y ahuyentar bestias.
Al final de la jornada, llegarían a un lugar de tinieblas, en donde obtendrían como recompensa el olvido.
Pues bien, para ilustrar esta historia —y fuera de programa— decidí buscar por internet una canción que hable sobre los cielos aztecas, los muertos y las almas en pena.
Le pregunté al señor Google qué me recomendaba para esto, y me devolvió la siguiente canción. Las mañanitas, canto clásico mexicano, en la voz y actuación del Topo Gigio. Adelante.