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La Dolorosa Muerte del Sr. Buen Gusto

Ilustración de La Dolorosa Muerte del Sr. Buen Gusto

Era una tarde como cualquier otra. Libertad se encontraba pasando un tiempo en su jardín, realizando trabajos varios de jardinería. Los pasos cortitos de su criada hacen notar su presencia:

—Sra., ha llegado una carta para usted.

Sin prisa, ella se acerca y toma la carta, cuyo título tristemente desdibujó la sonrisa de su rostro. “Buen Gusto ha muerto”. Rápidamente, temblando por los nervios, Libertad abre el sobre y comienza a leer: Estimada Sra. Libertad, Presente,

Me encuentro en la penosa necesidad de comunicarle, con el dolor más grande en mi corazón, que Don Buen Gusto ha pasado a mejor vida en el día de la fecha. Al igual que lo he hecho con sus familiares y con todos aquellos nombrados en el testamento que adjuntaré a continuación, yo, como abogado, consejero y amigo personal del Sr. Buen Gusto, le escribo esta epístola para hacerle conocer los últimos deseos de nuestro estimado conocido en común. A continuación le adjunto textualmente el documento en cuestión:

“Yo, Arturo Augusto Julio Campana del Buen Gusto, sano de cuerpo y mente, escribo este testamento sin influencias externas y en óptimas condiciones de mis capacidades intelectuales. En caso de que algo me suceda, ya sea sufrir un accidente o ser condenado al olvido, mi último deseo es dejar por escrito mi legado a la humanidad. A mi querida Sociedad, tan injusta y altamente mestiza, les otorgo mi abandono y los dejo a la merced de los venales de la moda. Mis trabajadores sucios, aquellos que fomentan lo contrario a lo que represento.

A los santos pecadores, les dejo mi desprecio y con ello la prohibición del buen agrado popular, de aquí en más, todos serán catalogados de enfermos sin el saber necesario para cualquier valoración.

A mi hija pródiga, mi querida Belleza, le dejo todos mis bienes y sentimientos; por Dios ruego que nada le falte y que su radiante poder complazca a todos los dignos de apreciarla.

A los artistas les dejo a mi hija.

A los falsos artistas, les presento a mi otra hija, su gemela malvada, Ignorancia.

A mi abogado, lacra inhumana mejor conocido como oportunista chupasangre, le dejo mi Biblia y un listado de posibles clientes. Y por último, a mi amada Libertad, dueña de toda voluntad humana, animal y miscelánea, más que dejarle un bien, le pido un favor: Libertad, querida musa y amiga, dada tu inmortalidad no te dejes corromper, regálate a quien lo merezca y hazte desear por aquellos que no te tienen. Fomenta espíritus y revoluciona situaciones. Imponte sobre todas las cosas y aparenta tu elitismo para que los incapaces e incompetentes jamás te alcancen. Ese es mi deseo y eso es, por favor, lo que quiero que hagas. Tenme en tus mejores recuerdos, y espero jamás volver a verte, porque si ese día llegara, significaría que has muerto. Un saludo a todos y, por su bien, no me olviden, A. A. J. C. del Buen Gusto.”

Sin más nada que agregar, le envío mis condolencias y la dirección de mi estudio por si desea encontrarme y corroborar la veracidad o legalidad de este contrato.

Hasta otra ocasión —espero no tan desagradable—, me despido, no sin antes desearle buena suerte en cualquier emprendimiento que realice.

Hugo Infamia. Abogado. Libertad lloró ese día.