Presénteme honesto
Encuentro en la honestidad un sabor amargo.
Sin entrar en detalles, se podría decir que prefiero un engaño a una sinceridad. No porque no prefiera la nobleza de una verdad, sino porque sostengo que aquella nobleza está sobrevaluada.
Puede sonar como algo patológico, pero no lo es. Simplemente no aprecio la honestidad... o mejor dicho, lo que no aprecio es al honesto promedio... aquella persona que te confiesa una misma verdad una y otra vez. El honesto repetitivo.
Para poner por caso un ejemplo: si yo vengo y le confieso a todo el mundo que odio a los muñecos de nieve, esa afirmación, además de convertirme en alguien peculiar, me transforma por un momento en un tipo honesto. Pero si hago esa misma confesión al día siguiente, al otro y así; ese acto de honestidad pierde su cualidad de tal para pasar a convertirse en una repetición molesta. Una insistencia.
Claro que hay excepciones, no todos los honestos son así... es más, conozco a muchas maravillosas personas que me caen muy bien a pesar de su condición de honestas, pero llegado al caso, no puedo evitar sentirme incómodo cuando presiento que una honestidad va a ser divulgada a los cuatro vientos.
Por lo tanto, un consejo. Cuídense de aquellas personas que son honestas y lo confiesan todo el tiempo. Porque no son sinceras, sino insistentes.