Volver

Experiencia religiosa [de las equivocaciones celestiales]

Ilustración de Experiencia religiosa [de las equivocaciones celestiales]

Se dice por ahí que solo los más fieles a sus creencias religiosas son los que más se acercan a la gracia divina. Una suerte de reservado V.I.P. para aquellos que se portaron mejor que otros. Premio al mérito, le dicen.

De entre todos los creyentes católicos, tal vez el más cínico de ellos haya sido el terrateniente Zenón Santilán (Para saber más del audaz de Santilán, lean una anécdota de él: «Buenas noches, ¿cómo le va?»). Por lo general a Santilán no le agradaba hablar de religión. Sostenía que cada vez que se veía involucrado en esa situación no podía evitar sentir cómo alguno de sus oyentes lo miraba con el desprecio ateísta.

Un desprecio barato, según Santilán.

—¿Qué se puede esperar de esas personas que optan por la facilidad de no creer en nada? —decía.

Se cuenta que uno de los pasatiempos más divertidos —y menos santos— que frecuentaba Zenón era el de escuchar el sermón de los domingos y levantar la mano, cual alumno en la escuela, para distraer al cura de turno con preguntas relacionadas con el partido próximo a jugarse ese mismo día.

Los dioses saben cómo defender a sus representantes en esta tierra. Y eso fue algo que Zenón supo de manera abrupta.

Según sus propias palabras: Una noche, mientras intentaba volver a mi casa luego de una violenta ronda de tragos cuyos nombres son impronunciables e ilegales en doce países distintos, me visitó un ángel. Este me dijo que en los próximos tres días el mismísimo Señor se me iba a presentar para entregarme en persona un importante mensaje.

—El Señor te visitará en tres días para darte un mensaje —me dijo el ángel, pero, dado mi estado lamentable por el alcohol, asumí que eso era una jugarreta sucia de mi subconsciente.

Esperé los tres días sobrio. No por voluntad propia, sino porque empezaba la semana y uno tiene que lucir en su mejor estado. Para el final del tercer día ya me había olvidado de lo sucedido dos noches atrás.

Mientras me preparaba para ir a la cama un frío aterrador corrió por mi espalda. Mis sentidos se nublaron y comenzaron a hacerme malas pasadas... Un ruido chillón rompía el silencio de mi casa... Era molesto, daba miedo... era el timbre.

Nunca me gustó ese timbre. Su sonido solía espantarme con facilidad.

Con el humor que puede esperarse, me acerqué a la puerta y noté por la mirilla que un hippie, de apariencia limpia, estaba mirándome con cara de estar esperando a que le abran.

Vestía con una toga blanca. No parecía muy alto.

—¿Quién es? —pregunté.

—Vamos, Zenón. Usted sabe muy bien quién soy. Un empleado mío le informó sobre mi visita —contestó el hippie.

—¿Se... señ... Señor? —vacilé—. No puedo creerlo. Resulta que ese ángel verdaderamente existió... por favor, pase... pase.

No voy a mentir, no es como lo pintan... no posee ese halo luminoso sobre la cabeza, ni lo acompaña un aura brillante. A decir verdad, es bastante opaco.

—Antes que diga nada, déjeme confesarle que soy su más grande y devoto admirador. Tengo muchas de sus fotos, y asisto a su programa con gusto todos los domingos —le dije—. ¿No me firma un autógrafo?

Con la humildad que lo caracteriza, accedió a mi petición repetidas veces... ¿Quién lo hubiese pensado? Paradójicamente iba a ser la envidia (Para aquel simio ignorante, la envidia es uno de los 7 pecados capitales.) de todos los compañeros de misa.

No hablamos mucho más. Una vez que terminó con los autógrafos me dio un mensaje aterrador. O al menos eso creo, estaba tan emocionado con la visita que apenas si lo escuché.

Como buen creyente, asentí con la cabeza a todo lo que me decía. No quería quedar mal. Se despidió amablemente y se marchó para siempre. Me preguntó por un colectivo, pero le insistí en que se tomara un taxi.

Siempre me lamenté por no haberle hecho la más grande de todas las preguntas... "¿Por qué hace visitas a gente que ya cree en Él?" Creo que sería más conveniente que visite a alguien con crisis de fe... los que ya creemos, no necesitamos una prueba.

Las certezas sobre la existencia de algo le quitan la gracia a ser creyente.