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Don Ernesto y el Joven Depresión

Ilustración de Don Ernesto y el Joven Depresión

Y allí estaba el Joven Depresión, sentado en la calle de la desilusión y bebiendo del licor de la agonía; lamentándose, como de costumbre, por culpas vanas y otorgando una sensación de lástima a cualquiera que se le cruzara; a todas salvo una... una persona muy especial. Alguien ajeno a las molestias y malestares de la vida cotidiana, el buenazo de Don Ernesto.

Don Ernesto hacía tiempo que observaba al Joven Depresión; notaba cómo sus quejidos ilógicos sobre todas las cosas tenían tal efecto negativo en las pobres personas que lo rodeaban. Esta situación debía terminar. Por el bien de la comunidad, alguien tendría que meterse en el medio y hacer algo.

Don Ernesto era esa persona, y para ello, la única salida era ayudar al Joven.

—Ay, Joven Depresión, ¿cuál es aquel malestar tan grande que merece tu atención? —dijo Don Ernesto de manera tranquila y apacible.

El Joven subió la mirada con gran dificultad dado lo pesado de sus párpados y contestó:

—Son muchos, Don Ernesto, no sabría por cuál comenzar.

Don Ernesto era sabio, bien conocía todas las posibles salidas que podría encontrar el Joven para distraerlo o contagiarlo, pero, como “el diablo sabe más por viejo que por diablo”, con una actitud soberbia respondió:

—Comienza por el principio, y una respuesta válida te daré, ya que no hay nada feo en el mundo que te pueda hacer tan mal.

—Ya no le veo sentido a nada, Don Ernesto, nada. Todo ha perdido valor, si es que alguna vez lo tuvo —dijo el Joven casi llorando.

—Nada nace con valor, muchacho. El valor, por suerte, lo ponemos nosotros; nosotros somos los consumidores, si el valor fuera divino, ¿quién sería capaz de pagarlo?

Reinó el silencio por unos minutos, pareciera que el Joven realmente estaba analizando bien las cosas, pero no era así, sino todo lo contrario, estaba hundiéndose en su natural equivocación; con un movimiento brusco se levanta y en voz alta dice:

—¿Qué hay del aburrimiento, Don Ernesto? Ya nada me entretiene, todo es monótono y frío. La ciudad es gris y las personas que la habitan son aún más grises; ¿qué hay con eso, Don Ernesto? ¡Por favor, dígamelo ya!

—¿Aburrimiento? ¿Ese es tu gran problema? Por Dios, muchacho, ¡abre los ojos! Cuando sientas que nada te entretiene, sube tu mirada y mira hacia el cielo. Las nubes están allí para vos; cada día es un espectáculo diferente, sus formas jugarán con tu imaginación y los rayos de luz pondrán colores extraordinarios en ellas. ¿Cómo te puedes aburrir con tanta belleza? Si el día no te complace, siempre está la noche, y sus estrellas, luceros angelicales que iluminan tu patético rostro para que nunca te sientas solo. No necesitas a nadie si puedes descubrir la belleza en las cosas más simples. Cuando alcanzas ese nivel, nunca más verás los tonos grises.

Una sonrisa honesta manchó la cara arrugada de Don Ernesto; su barba blanca, acariciada por sus gruesos dedos, demostraba toda la sabiduría escondida en esta extraña y maravillosa persona. La charla aún no estaba ganada, las personas como el Joven Depresión son seres especiales, completamente inútiles e indignos de atención; no valen la pena y Don Ernesto lo sabía, pero a él siempre le gustó hacer caridad, era parte de su extraordinaria bondad. Él tendría que rebajarse a la miseria del muchacho e intentar ayudarlo, ya que ninguna otra persona lo haría, no deberían, no tendrían por qué; sentir afecto por personas como el Joven Depresión es un defecto; y Don Ernesto no era conocido por sus defectos, ni tenía defectos conocidos.

—¿Y qué hay con la lluvia o los días nublados? —preguntó el Joven Depresión, alcanzando un nivel de idiotez nunca antes conocido por la humanidad.

—La lluvia y los días nublados también son hermosos. Cada gota que cae del cielo está dispuesta a limpiar todo pensamiento de maldad, codicia y barullo; la lluvia es perfecta, muchacho, siempre te perdona, te rebautiza con cada gota liberándote de toda pena. El cielo te llora y los días nublados están para que seas vos quien le llore al cielo, deberías ser más agradecido y devolverle algunas lágrimas.

La vida, como toda cosa simple, siempre trae estos paradigmas tan poéticos escondidos; Don Ernesto no solo estaba ayudando al Joven, sino que también le estaba impartiendo conocimientos. Algunos nos pasamos toda la vida intentando ganarlos, ¿quién se habría imaginado que alguien tan indigno como el Joven Depresión iba a tener al alcance de la mano los hechos más verídicos de toda la existencia? La bondad de Don Ernesto era excelsa.

—Pero mis problemas son mucho más complejos que el aburrimiento, Don Ernesto, ya no existen sonidos en mi vida. La gente me desprecia, y ni siquiera comprendo sus insultos ya que todos me atacan al mismo tiempo; es un gran estruendo imposible de entender y no lo quiero entender. No hay sonidos para mí, no existen sonidos de paz para mí —replicó el Joven.

—¿Que no hay sonidos en tu vida? ¿Por qué insistes en escuchar solamente el estruendo de los demás? ¿Qué hay del viento? El viento no te desprecia, siempre te murmura al oído lo importante que eres —dijo Don Ernesto—; bien sabemos que tu existencia no es importante, pero sí le importas mucho al viento, ¿acaso te olvidaste de aquella brisa que te acaricia cuando no hay mano que desee tocarte? No seas malagradecido, el viento te canta melodías hermosas solo para tus oídos. Y nuevamente reinó el silencio.

Las palabras de sabiduría finalmente estaban siendo entendidas por el Joven; sus tristes ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, y mientras escondía su cara en sus horrendas manos no podía dejar de pensar en qué tan desgraciado era al no deleitarse con las cosas bellas que tenía alrededor. Toda una vida echándole la culpa a los medios externos y a las demás personas, cuando siempre y desde siempre, toda su miseria radicaba dentro de él.

—Don Ernesto, no merezco tanta belleza, hasta de las cosas más hermosas he sido indigno. Ahora sí que ya no queda nada para mí, porque nada merezco, nada. Le suplico, Don Ernesto, usted que posee todas las respuestas, ¿qué es lo que me queda de este mundo cuando por naturaleza he despreciado todo lo bello y hermoso? ¿Qué queda para mí?

Don Ernesto miró por un momento al Joven, lo tomó del brazo y con una palmadita en la cara y un gesto cariñoso le contestó:

—La muerte también es bella y hermosa, estoy seguro de que apreciaría tu compañía, no seas malagradecido y no la hagas esperar.

Y el silencio reinó para siempre en la existencia del Joven Depresión.