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Digno Fin. Cuestionable Medio.

Ilustración de Digno Fin. Cuestionable Medio.

Hace mucho tiempo, en un lugar indeseable de cuyo nombre y locación preferiré no hablar, hubo una ocasión en donde fui testigo de una situación muy particular y aun así tan común que no muchos se dan cuenta al momento de presenciarla. Un alumno, joven, rebelde y muy adolescente, le preguntó a quien en ese momento oficiaba como su maestro y mentor:

—¿Quién es usted para alegar superioridad? Si respira igual que yo, si se alimenta igual que yo, si vive y morirá igual que yo… ¿Quién es usted para creerse superior?

El gesto inerte del maestro ante esta pregunta ya era de por sí una respuesta válida, concisa y certera. Pero bien sabía que debía expresarla en palabras para que su alumno, joven, rebelde y muy adolescente, pudiera decodificarla. Él dijo:

—Más allá de que respiremos igual, nos alimentemos de la misma forma, vivamos los mismos pasos o bien caigamos muertos ante la misma desdicha; la gran diferencia entre ambos es que Yo ya fui alumno.

El pobre joven sintió escuchar cómo se destruía su ego ante una respuesta tan cortante y tan poco discutible como la que había recibido. Herido y lastimado, se dirigió a su mentor:

—¿Qué clase de maestro es usted al destruir mi autoestima de esa manera? ¿Con qué motivaciones seguiré aprendiendo si ahora solo siento desprecio hacia su persona y odio hacia su olvidada ciencia?

La reacción de furia y desmoronamiento del alumno tampoco marcó su efecto en los gestos del maestro. Meditando unos segundos en silencio —he de suponer que estaba pensando su respuesta o bien analizando las consecuencias que podría llegar a tener— se acercó a su alumno y dijo:

—Si la búsqueda de conocimientos ya no es motivación suficiente para tu aprendizaje, entonces siéntete libre de buscar motivación en el odio y desprecio que te acabo de generar. Ya que no existe motivación mala para ver destruido a quien te ha hecho un mal. Que esa sea tu lección primera. Y si tu fin es humillarme, como yo lo he hecho hoy, pues te concedo el permiso de despreciarme y odiar la olvidada ciencia que de buena manera te intenté inculcar. Hasta que llegue el día en que estés preparado para hacerme caer, que no se te olvide nunca la herida que ahora lloras; pues ese dolor, el odio y el desprecio son las armas que acabas de elegir para la gran batalla. Espero que estés listo.

—¡Lo estoy! —dijo furioso el alumno.

—Perfecto. Ahora vete y búscate otro mentor. Aquí estaré cuando quieras vengarte —contestó el maestro.

El tiempo pasó sin mucho brillo y poca gracia. Y en uno de esos días, mientras caminaba tranquilo por la calle, me encontré con el ya no joven alumno. Luego de terminar las charlas banales que existen entre viejos conocidos, este recuerdo recobró vida en mi mente y no pude evitar preguntarle si finalmente cobró su venganza con el maestro que tanto daño moral le había provocado. A lo que él contestó:

—Pasé mucho tiempo aprendiendo del más duro de los maestros: muchos le llaman calle; yo le llamo vida. No solo aprendí a la perfección la olvidada ciencia que tantos problemas me había ocasionado, sino otras nuevas completamente desconocidas por muchas personas. Conocí el valor del coraje y la fuerte motivación que puede resultar ser el odio hacia una persona. Me sentí sorprendido de cómo, con el tiempo, ese odio se transformó en mi pasión para seguir nutriéndome con más saberes. Y cuando finalmente llegó el día en que me sentí listo para humillar a mi antiguo mentor, me enteré de que él también continuó aprendiendo, pero de un maestro que te envejece a medida que avanzas; muchos le llaman tiempo; yo concuerdo con ese nombre. Lo encontré agonizando en una cama sucia de hospital, senil y agotado; no era más que una sombra del hombre que alguna vez fue. Al parecer mi llegada había sido tardía; él ya no era adversario para mí, ya no era adversario para nadie. Luego de su funeral me pregunté si todo lo que hice había valido la pena, tanto resentimiento para nada. Pero después de analizarlo, no pude evitar reírme y agradecer al pobre viejo que me enseñó, aun después de muerto, que mi vocación era la de Maestro. Eso es lo que soy ahora, y cobro mi venganza todos los días siendo mejor mentor de lo que él fue.

—¿Cómo sabes que eres mucho mejor maestro de lo que él fue? —pregunté con mucha curiosidad.

—Por mis alumnos y las sonrisas que me regalan a la hora de enseñarles —dijo él con una leve mueca de felicidad.

Finalmente nos despedimos, trivialmente como hacen todos los viejos conocidos, y cada uno siguió su camino. Jamás lo volví a ver. Pero estoy seguro de que aún continúa enseñando… en la misma salita azul… aguardando la próxima sonrisa.