Deja vú
Hoy es el día ciento cincuenta. No tengo idea de cómo llegué aquí.
Estoy sentado en la plaza leyendo un viejo y raro libro de historias que no conozco. Al menos creo que lo estoy leyendo, siento mis ojos cansados.
—Nada como una lectura aburrida, en un barrio aburrido, en un mundo aburrido... nada fantástico ocurre jamás —pensé.
Un viento lleno de desgracias invade mi tranquilidad. Es extraño. Este frío lleno de misterio me resulta familiar. Me incomoda.
—El que sea algo paranoico no quita el hecho de que tal vez, sólo tal vez, aquella sombra que se encuentra tras de mí realmente me esté vigilando. Se movió. ¡Aquella sombra se movió!... viene por mí, estoy seguro de ello. Debo cuidar mis pasos.
La sombra se mueve de una manera que me provoca escalofríos. Es como si no tuviera piernas; se desliza como los fantasmas deben deslizarse. Imagino sus intenciones. Creo que se va a sentar en el extremo opuesto a donde estoy.
Su mirada compite con la mía. Nunca nadie se ha atrevido a fijarse en mis ojos durante tanto tiempo.
Una voz gruesa confirma mis sospechas. Esta persona no es humana.
—Disculpe. ¿Alguna vez ha charlado con un desconocido? —preguntó aquella figura sentada a mi lado.
—Sí, claro que lo he hecho. Lo estoy haciendo en este momento.
—Pues bien, en ese caso déjeme decirle algo. Es de suma importancia que me escuche atentamente.
Aquella cosa me tomó del hombro y me dijo unas palabras impronunciables. Cada vocal, cada sílaba, cada letra que escupía comenzó a penetrar mi mente y miles de gritos dentro de mi cabeza dieron rienda suelta a horribles dolores.
Gritar es un signo de debilidad. Siempre pensé eso. No solté un solo sonido de dolor. No le iba a dar ese placer.
Todo se está oscureciendo. Este demonio me está asesinando. El bastardo aún me mira fijamente... no puedo hacer nada.
Finalmente todo es oscuridad, ya no hay sonidos. Ya no hay dolor. Hasta aquí llegué.
Es el día ciento cincuenta y uno. No tengo idea de cómo llegué aquí... esto debe ser el infierno.