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De medialunas (cuento de desayuno)

Ilustración de De medialunas (cuento de desayuno)

Por lo general, solemos hacer oídos sordos ante aquellas cuestiones que socialmente tomamos como inútiles o de poca importancia.

Preguntas del tipo ¿Por qué tal pizza es tan rica? o ¿De dónde proviene la palabra “silueta”? son sólo algunos ejemplos.

En definitiva, hablo de aquellos saberes que catalogamos de inservibles.

Es por eso, y para tratar de desmitificar esa idea falsa, narraré a continuación la historia de las medialunas. Sí, señora. Las nunca tan bien ponderadas medialunas.

Ubiquémonos a finales del siglo XVII. El Imperio otomano venía arrasando las zonas más recónditas de la vieja Europa. No había alma inocente que no hubiera oído, por lo menos una vez, las leyendas que corrían sobre la temible reputación de los guerreros turcos.

Allá por 1683, tras bravos combates, ya se habían apoderado de Hungría y de las costas del Danubio. Luego de algunos días de descanso, tomarían rumbo hacia el último bastión cristiano de la Europa oriental. Su destino, Viena.

A pesar del ímpetu turco, la resistencia vienesa terminó siendo un enemigo demasiado grande, al punto tal que las tropas otomanas comenzaron a creer que jamás lograrían salir vencedoras.

Ondear bandera blanca no era una opción, por lo cual optaron por un último plan de ataque.

Para lograr traspasar las murallas defensivas y tomar así el centro de la ciudad, comenzaron a cavar un túnel. Para no ser descubiertos, trabajaban por las noches... cuando todo el mundo dormía. Todo el mundo salvo un par de panaderos vieneses. Quienes, por insomnio profesional o desvelo ocupacional, también estaban trabajando. Aquí una posible representación de aquel evento:

—Oiga, compañero panadero —imagino que eso pudo haber dicho el tipo—. Creo que escuché algo…

—¿Qué escuchó? —hubiera contestado el otro tipo.

—A los otomanos traspasando las murallas defensivas por debajo de la tierra.

En fin, los panaderos asustados llamaron a un guardia. Este, luego de verificar el origen de los ruidos extraños, llamó a algunos soldados y dio la voz de alerta.

Los planes de los turcos fueron derrotados antes de que ellos pudieran preverlo.

El emperador Leopoldo I, en recompensa a los panaderos, les otorgó honores y el permiso imperial de portar espada a la cintura. Ellos, agradecidos, inventaron dos tipos nuevos de pan; uno con el nombre “emperador” y otro, a modo de burla hacia el emblema otomano, el Halbmond (también conocido como Croissant o medialuna).

Algo interesante. Durante la huida de los sorprendidos turcos, muchas de sus provisiones fueron dejadas en el lugar. Entre todas ellas, muchísimos granos de café.

Un día un polaco de nombre Kolschitzky solicitó un porcentaje de aquellos granos para inaugurar un bar/café. El primero de la ciudad.

Fue justamente en aquel bar donde el creativo de Kolschitzky decidió jugar al alquimista y mezclar café con crema. Creando así el melange o cappuccino vienés.

A modo de ilustrar esta historia, compartiré una canción que sin duda fue concebida pensando en las laboriosas tareas nocturnas que tan apasionadamente cumplen los panaderos. De la obra Turandot, de Giacomo Puccini: el fragmento “Nessun Dorma”, interpretado por los tres tenores.

Nessun Dorma — Luciano Pavarotti, Turín 2006