De los conductores (relato automovilístico)
La figura del conductor de automóviles es realmente vil. Son pocas las criaturas que se acercan a su mala actitud hacia la vida.
Manejar un auto es, tal vez, una de las tareas modernas con más eco (Eco que proviene de las bocinas, de los accidentes, de las quejas, de las penas y del mal control por parte de las autoridades) hoy en día. Un eco que nace por culpa de aquellos irresponsables que no conducen como debieran. Porque como dicen por ahí, saber manejar no es lo mismo que saber conducir.
Después de cada cena —y justo antes del postre—, Zenón Santilán tenía por costumbre hablar de los conductores y de las anécdotas que vivió junto a ellos. De aquellas charlas salieron muchas de las condiciones por las cuales un conductor es reconocido. Transcribiré las más interesantes:
- El que maneja un auto no puede ser un ser pasivo y amable, sino todo lo contrario. Debe ser visceral, estar siempre enojado y maldecir su suerte a cada instante.
- Son abusivos.
- Lo único que saben hacer muy bien es resaltar exageradamente los errores de los otros conductores.
- Es ajeno a la temperatura exterior (Ejemplo sólo aplicable a los taxistas, que siempre viajan con la ventanilla baja).
- Cuando comete algún error de tránsito, su accionar puede dividirse en dos posibilidades:
- A. Insultar al aire, con un dejo de autocrítica, para sentirse no tan disminuido.
- B. Insultar a algún medio externo, o bien a algún tercero y culparlo por obligarlo a realizar una maniobra incorrecta.
- De ser hombre, un conductor destaca gratuitamente la ineficacia de las mujeres al manejar.
- De ser mujer, menosprecia al hombre por sus opiniones machistas.
- Ningún conductor sabe usar la bocina.
- Los que la saben usar, para disimular, la utilizan mal.
- El motivo por el cual no pisan intencionalmente al peatón que no cruza correctamente es que no es moralmente aceptado.
El romántico de Mercedes, Günther Smith, reflexionó mucho sobre el tema en su libro "Cómo ser conductor y buena persona sin morir en el intento". Decía Günther:
—Intenté escribir este libro a modo de ensayo, en donde se dictaminen pautas para no caer en la desgracia de ser un conductor malhumorado. Pero lamentablemente no tuve éxito. El ensayo terminó siendo una novela cuyo personaje principal muere por culpa de la impotencia que significa vivir en la contradicción.
Sebastian Moon fue la única persona que compró ese libro. No lo entendió.