De cuando el año se parte al medio
Junio esconde entre sus días la luz que nos invita a darnos cuenta de que ya pasó la primera mitad del año y aún no realizamos nada de lo que nos propusimos hacer. Es ese mes de desengaño y traición el que delata nuestro desgano y lo convierte en una presión innecesaria: "¡Ahora a correr! Que tan solo nos quedan seis meses".
Los sabios y los prudentes esquivan esta penosa y desesperante situación no proponiéndose nada durante el brindis de fin de año. Hay que admitirlo. Es una salida fácil y segura; pero también es vacía e insensata.
No es de sorprender que esta clase de gente no entienda —o acaso no acepte— el misticismo que conlleva proponerse metas.
Decir, "Me propongo hacer esto y lo otro" es el motivo de la existencia del año nuevo y, tal vez más importante, el motivo del desenlace del año viejo. Es esa última prueba que rendimos y que nos prepara para la siguiente.
Dicho mal y pronto, es el deseo que tanto necesitamos para poder justificar la vida y, efectivamente, evitar la muerte.
Junio es cuando el año se parte al medio. Son treinta días de pausa costosa y agotadora... en donde todos anhelamos vacaciones, pero sabiendo que todavía falta mucho por recorrer.
Lo bueno de este mes es que de los doce que conforman el calendario, Junio es uno de los más fáciles de olvidar. Dado este "honor" de ser el sexto, podemos asegurarnos que no va a suceder nada que valga la pena recordar. Es casi una regla. Cuando lleguemos a Julio, nadie sabrá qué hicimos en Junio y todos estaremos pensando en Agosto.
Supongo que esa es la paradoja del tiempo. Anhelar el pasado, mientras se lo olvida por el presente en esos momentos en que pensamos en el futuro.