Costumbres estéticas de la antigua Francia
Siempre hubo costumbres bien marcadas sobre el cuidado superficial de las personas.
Según cronistas amantes de las historias que poco tienen que ver con las políticas o los cambios revolucionarios, la belleza y el aseo personal han sido mañosos desde mucho antes de que existieran palabras que las denominaran.
Tratados sobre el buen gusto, la belleza y el cómo lavarse han sido temas antiquísimos entre las sociedades. Incluso hay libros que hablan del tema y que datan de épocas tan lejanas como la edad clásica o la Edad Media.
Entre todos los descubrimientos arqueológicos conocidos hoy en día, se pueden encontrar recetas para cosméticos, instrumentos de belleza e incluso libros y textos con consejos sobre estos menesteres.
Las prostitutas griegas, por ejemplo, se cubrían sus rostros con miel para así mantenerlos sanos, frescos y dulces. Sin ir más lejos, en otro punto clásico de la historia, todos nosotros conocemos la afición de Cleopatra por sus baños en leche de burra para mantener su piel en perfecto estado.
En el siglo XVII las mujeres de Francia tenían un gusto obsesivo por mantener su tez tan blanca como les fuera posible. Lo cual es curioso, dado que en esos tiempos la moda en el resto de Europa era el uso excesivo de colores, sobre todo en las mejillas.
Según dicen, para lograr este efecto blanco Ala, las francesitas usaban todo tipo de combinaciones extrañas a base de pepino, azufre, tiza y cal. Las consecuencias eran terribles. Cuentan que la duquesa Laurie Maummet, como muchas otras mujeres nobles, se ponía esa mezcla en la cara para ir a las fiestas cortesanas y luego parece que tenía que desaparecer de la vista pública durante largas temporadas para recomponer su rostro de las quemaduras y la sequedad.
O sea que por una noche de buen aspecto, tenían que pasarse varios meses escondidas recomponiendo los desastres que esa mezcla provocaba en la piel.
Desde luego existían blanqueadores menos fuertes e incluso menos nocivos. Uno de los más famosos poseía tratamientos muy cercanos a los brebajes mágicos o conjuros de viejos alquimistas.
La receta de este producto consistía en poner dentro de un frasco de vidrio una mezcla hecha con:
- flores de haba;
- agua destilada de lirios;
- jugo de limón;
- aceites varios;
- y leche virginal (Sí, señora.).
Luego, para que su resultado sea eficaz, debían dejar descansar el frasco durante un mes completo bajo el sol de verano. Solo así daría los resultados deseados.
Otro dato curioso sobre lo que les era bello a las francesas eran los lunares artificiales. Las mujeres acostumbraban a comprarlos y ubicarlos en cierta región de su cara. Incluso se dice que había un mensaje oculto según la posición en donde se ubicara el lunar (Algo así como los abanicos entre las damas españolas del siglo XIX). La muchacha que se ponía el lunar debajo del ojo izquierdo estaba comprometida. En cambio, la que se lo ponía en el lado derecho buscaba novio, y las casadas, por lo general, en el mentón.
Las confusiones llegaban cuando, por esas casualidades, las minas llevaban más de dos o tres sobre su rostro.
El gusto por los falsos lunares fue tal que las mujeres acostumbraron a dibujárselos. Se ponían 7 u 8 en toda la superficie de la cara.
Este excesivo gusto por los puntitos disgustó mucho al orador francés Jean Baptiste Massillon, quien en uno de sus sermones en contra de estas costumbres estéticas dijo:
—Lo único que falta es que se pongan lunares en la pechuga.
No pasó mucho tiempo para que las damas de la alta sociedad hicieran caso a la sugerencia que el predicador escondía en su crítica.
Se lo llamó el lunar de Massillon.
Los hombres tampoco se quedaron atrás. También existían productos igual de pintorescos que los blanqueadores de piel, como elíxires para la caída del cabello o pociones a base de cáscaras de huevo, vinagre y excremento de gato para la depilación definitiva en ciertas zonas poco gentiles.
Fue Luis XIII, hijo de Enrique IV, el que estableció la moda de la peluca para hombres. Resulta que se había quedado pelado siendo muy joven y se puso una de esas pelucas blancas tan conocidas. Esta moda duró hasta poco después de la Revolución francesa.
En otro orden de cosas, uno de los secretos más divertidos que tenían los franceses para aromatizar un salón antes de alguna fiesta o gala consistía en llenarle la boca a alguna criada con algún perfume para que luego ella, con una técnica muy especial, logre esparcir de manera democrática el aroma por todo el lugar.
No pasaron muchos años hasta que los franceses descubrieran el vaporizador.
Finalizando —y fuera de programa—, he buscado por los mares del ciberespacio una corta canción contra la decrepitud que otorga el paso del tiempo o que por lo menos hable de las costumbres cosméticas en la Francia del siglo XVII.
Y cuando uno habla del paso del tiempo y de las caras blancas, solo un artista está a la altura de las circunstancias. Sin más preámbulos, aquí está el delgado Duque Blanco interpretando un tema dedicado a los lunares de las damas parisinas y el martirio perfumado de las criadas de los palacios. "Life on Mars?" por David Bowie.