Buenas noches, ¿cómo le va?
Zenón Santilán tenía por costumbre atacar con cinismo las decadencias de los demás. Sostenía que sólo los que trataban la vida con hostilidad serían los únicos que lograrían acercarse a la felicidad.
Entre sus anécdotas más famosas, se destacan la de la vez que se hizo pasar por profesor de la facultad de arquitectura, diseño y urbanismo para conquistar el corazón de una alumna, o la de aquella semana que decidió pasarse todos los días por un jardín de infantes para ver si encontraba alguna madre soltera con ganas de satisfacer sus más bajos deseos mediante la utilización de diminutivos infantiles.
Zenón siempre dijo que a la hora del amor, los diminutivos eran su única salvación.
Dicen los ecos perdidos del barrio que una vez Santilán dio una fiesta muy grande para comprobar su teoría de que las personas en las fiestas no son las mismas que uno puede frecuentar en otras situaciones.
—Uno en las fiestas se transforma —comentaba Santilán—. Para ser un buen participante de estas reuniones hay que tener dos grandes cualidades. Despreocupación por todas las cosas y la habilidad de hablar mal de los otros invitados.
Como buen anfitrión, Santilán se paraba en la puerta y saludaba uno por uno a sus invitados.
Comenzó con un saludo formal, del tipo "Buenas noches, ¿cómo le va?", pero a medida que pasaba el rato fue notando otra particularidad acerca de las personas de las fiestas; parecía que respondían automáticamente a su saludo sin reparar en lo que Santilán estaba diciendo.
Ansioso por poner a prueba un experimento, el anfitrión dejó de lado la frase común y comenzó a saludar al resto de sus invitados con otra menos convencional.
—Buenas noches, esta mañana asesiné a mi abuela —repetía.
Cabe aclarar que Santilán tenía razón. Nadie notó la barbaridad que estaba diciendo. Todos lo saludaban como si nada. Claramente no lo estaban escuchando... porque esa es otra cualidad de las personas que asisten a fiestas. No escuchan otras palabras más que las propias.
Esa línea la repitió toda la noche hasta que llegó el astro Sebastian Moon, quien, al escuchar el saludo de Santilán, le respondió:
—Probablemente se lo merecía.