Breves historias de cabezas tristemente célebres
Oliver Cromwell. Un cuento decapitado.
Oliver Cromwell fue un famoso político y militar inglés, reconocido en los libros de historia por muchísimos actos importantes; entre todos ellos, tal vez el que más se destacó fue haber hecho de Inglaterra una república.
Cromwell murió en el año 1658, cuando todavía gobernaba sobre Inglaterra, Escocia e Irlanda con la jerarquía de Lord Protector. Dos años después de haber sido enterrado con todos los honores en la abadía de Westminster, su cuerpo embalsamado fue desenterrado y arrastrado hasta Tyburn para que todos pudieran verlo.
—Tengamos en cuenta que ya eran días de la restauración y era Charles II quien ocupaba el trono.
Luego de ser expuesto por un tiempo, el cadáver de Cromwell fue decapitado.
Poco tiempo después, la cabeza fue colocada en el extremo superior de un poste y luego puesta sobre el tejado del Westminster Hall, lugar donde permaneció hasta 1685, año en que una tormenta azotó la zona e hizo destrozos.
Por culpa de la tormenta, las tejas se levantaron, algunas chapas volaron; y junto con ellas... la cabeza. Pasado el temporal, centenares de personas buscaron aquel símbolo carente de hombros, pero los resultados fueron desalentadores.
Nadie pudo dar con la cabeza de Cromwell. Se la había llevado el viento.
Años después se descubrió que la cabeza había sido encontrada por un capitán de la guardia, que por vanidad u orgullo, jamás comunicó a sus superiores tal hallazgo. En su lugar, escondió la cabeza de Cromwell en su chimenea y sólo la sacaba cuando quería presumir de ella ante alguna amistad o para limpiarla.
En su lecho de muerte, el capitán le confesó a su hija que tenía escondida dentro de la chimenea la cabeza del Lord Protector y que podía hacer con ella lo que quisiera. La muchacha se deshizo de la cabeza lo más rápido que pudo.
Desde entonces la cabeza de Oliver Cromwell tuvo muchísimas aventuras:
Fue el evento principal en un show circense de curiosidades, recorriendo así casi toda Inglaterra hasta 1775, fecha en la cual la cabeza cambiaría nuevamente de propietario. Su nuevo dueño, el actor Samuel Russell, adquiriría la cabeza en una subasta por muy pocas monedas.
La carrera artística de Russell comenzaba a caer y necesitaba con urgencia algo de dinero. A cambio de un ingreso extra, el actor llegó a ofrecer la cabeza al colegio donde Cromwell había estudiado, pero la institución rechazó el "donativo" por motivos políticos y económicos.
Se dice que ya en sus últimos años de vida, Russell había alcanzado la bancarrota. Y sólo vivía del dinero que recaudaba exponiendo esta reliquia tan particular en la ventana de su casa. Russell tapaba con un paño la cabeza y sólo la mostraba a quien le pagara una libra.
Finalmente, en 1787 Russell se deshizo de la cabeza y se la vendió a unos comerciantes que la expusieron en su negocio.
Los comerciantes fundieron al poco tiempo y su local fue adquirido por un doctor llamado Wilkerson. De quien se dice había cosechado un aprecio poco común por la cabeza de Cromwell.
Algunos historiadores cuentan que el doctor acostumbraba salir con la cabeza puesta en un palo luciéndola como carta de presentación durante sus recepciones.
Muchos años después (1960) un descendiente de Wilkerson tuvo la gentileza de devolver, de manera gratuita, la cabeza a Sidney Sussex, que esta vez la aceptó sin ningún problema.
Es al día de hoy que la cabeza de lord Cromwell aún descansa de sus travesías enterrada en los jardines del colegio.
· René Descartes y el fin de la frenología en Francia.
Pasados dos años de la muerte de Descartes, algunos de sus amigos hicieron una petición para que se exhumara su cuerpo y lo devolvieran a Francia. Recordemos que Descartes murió en Estocolmo en 1650, cinco meses después de haber sido convocado por la reina Cristina de Suecia.
Finalmente por motivo de la petición, el cuerpo de Descartes fue enviado a Francia. Bueno casi todo su cuerpo.
El dedo índice del finado pensador se lo apropió el embajador de Francia en Suecia, quien, a modo de disculpas, les hizo saber a los amigos de Descartes que sentía una profunda admiración por el filósofo y que por ese motivo quiso quedarse con el mismo dedo con el que alguna vez había escrito las famosas palabras Cogito ergo sum.
Por último, les aseguró que no deberían temer por el futuro del dedo de su amigo, dado que estaría en buenas manos.
Durante el viaje a Francia, un capitán de la guardia sueca —encargado de vigilar los restos de Descartes— optó por reemplazar la cabeza del pensador por otra.
Una vez terminado el viaje, los amigos de Descartes recibieron sus restos y comenzaron de inmediato los preparativos para el velorio. Ninguno sospechó nada extraño y rindieron al cadáver todos los honores y discursos para el caso.
Se ha sabido que el verdadero cráneo de Descartes pasó de coleccionista en coleccionista hasta que cayó en manos del zoólogo Georges Cuvier.
Cuvier permitió al doctor Johann Caspar Lavater examinar el cráneo del pensador. Tras la indagación del mismo, Lavater dijo que por los contornos de su cabeza Descartes poseía buenas facultades y que eso explicaba, según sus palabras, tan regular administración de su interior aplicada al álgebra, a la geometría, a las matemáticas y a la óptica.
Sin embargo, Lavater concluía que Descartes no era tan gran pensador como se creía.
Napoleón, fascinado por el tema, pidió ser estudiado en vida por varios frenólogos. Estos, después de examinarlo, osaron decirle al emperador de Francia que sus virtudes no eran tan sobresalientes como la opinión que él tenía de sí mismo.
Napoleón escuchó atento a las opiniones de su equipo y con tono imperial declaró que la frenología no debería tener cabida en las sociedades científicas francesas.