Aquellos viejos fantasmas II
Debí haber imaginado que por más disfraces que vista o más escondites que encuentre, es muy difícil evitar que un fantasma dé con uno.
—¡Oiga, hombre, deje de correr! ¡No estoy aquí para asustarlo! —me gritaba el fantasma mientras huía despavoridamente—. ¡Debo advertirle algo importante!
Me detuve, no sé bien si fue por curioso o por cansado de correr, pero me detuve.
—Bueno, lo escucho. Pero mantenga su distancia —le dije.
—Tengo que advertirle que usted se encuentra en un gran peligro. Al cruzar el umbral, ha entrado a un abismo de pánico y desesperanza.
—Yo no crucé ningún umbral. Me ha de estar confundiendo: yo llegué aquí en colectivo —le expliqué—. Un señor, de ojos raros, me dijo que si me subía iba a encontrar la felicidad en un lugar maravilloso.
—Pues ha sido engañado. Ese hombre era un demonio.
—¿Acaso estoy en el infierno? —pregunté mientras tragaba saliva, anticipando una respuesta poco grata.
—No. Aún sigue en Buenos Aires, o por lo menos eso creo... lo que importa, lo que debe saber, es que este lugar está maldito, y si no logra escapar en tres días, su suerte será nefasta.
Un viento frío pareció asustar al fantasma y este desapareció. Da miedo ver un fantasma con cara de susto.
Siempre me consideré un hombre de ciencia, todos mis dioses lo demuestran, pero no puedo negar la extrañeza que abunda en esta parte perdida de la ciudad.
Me pregunto dónde estaré y si alguna vez podré salir de este lugar.